jueves, 25 de agosto de 2011

Mixaha y el viejo molino.(cuento)







“Mixaha descansa en el cementerio que hay al oeste de la pequeña a población de Hora, en la isla de Ano Koufonisia (una de las pequeñas isla de las cíclades).
Se sube por un camino asfaltado desde una ensenada donde varios botes esperan fondeados y el mar lame delicadamente la arena y las rocas. En frente, separado por una lengua de mar azul, se divisa la isla de Kato Koufonisia, las dos casas que la habitan y más allá el resto de las otras islas.
No tiene pérdida ya que siguiendo el camino que parte del puerto buscando un lugar para ver la puesta de sol, al doblar la primer curva, aparece la ensenada. En la orilla contraria, un molino de paredes blancas, techo pajizo de color negro y los pequeños y triangulares toldos dispuestos estratégicamente para la función de recoger el meltemi (viento) y así empujar las aspas de madera. Y algo más arriba del sendero, el recinto religioso comprende la pequeña capilla blanca y el cementerio, todo ello rodeado por una valla de madera del mismo azul que la cúpula del edificio. Y a su espalda nuevamente el sol y el mar.

Mixaha nació en el 1927 y era el hijo del molinero. Solía esconderse en el altillo y ver cómo se movían las aspas. Sus amigos Nikhita y Tomaso eran los hijos del farero de la isla y el resto de los niños se reían de ellos al salir de la escuela por vivir lejos del pueblo pero no les importaba; así estaban más cerca del mar y de las estrellas. El padre de Mixaha podía leer en el firmamento y les enseñó todo lo que sabía; donde estaban las espérides, las osas mayor y menor, la estrella polar.

Cuando tenían 12 años llegaron a la isla noticias de que una guerra muy lejana. El padre de sus amigos se fue a Atenas, ya no volvió y, con el tiempo, Tomaso se convirtió en el nuevo farero.
A los tres les gustaba ir a recibir a los pescadores al caer la tarde; verlos llegar. Aprendieron a anudar las amarras, ayudaban a desenredar las redes, endulzaban y doblaban las velas de los botes, recogían cabos y limpiaban cornamuzas y cubiertas de madera.

A los veinte años Mixaha y Nikhita se enrolaron en uno de esos barcos de pesca. Al inicio, pasaban días consecutivos en la mar y, finalmente, les aceptaron para pasar largas temporadas. Primero, fue en un barco de patrón griego y luego en uno turco. Cuando tenían casi treinta años partieron, cruzando el Atlántico, hasta el Caribe, de allí por Tierra de fuego hasta Chile y de ahí, por el gran mar, hasta ver estrellas del firmamento desconocidas para ellos y otras personas y otros mares.

Tras su vuelta a la isla, Mixaha y Nikhita recordaban todos esos viajes sentados en la mesa del exterior de la taberna del puerto mientras veían volver a los barcos de pesca y el mar adquiría ese tono plata minutos después de la puesta de sol y que, repetitivamente, cada día caía sobre la colina de la isla del fondo, tras el viejo molino.

Vieron cómo se construía un nuevo puerto más al oeste y también cómo al inicio del sendero que parte desde la ensenada se instalaba un cementerio donde moran barcos viejos, barcos que no sirven y se apoyan peligrosamente sobre el suelo con la orza, el timón y un travesaño que evita que zozobren sobre la tierra. En el suelo más timones, hélices, mástiles y herramientas oxidadas de aquellos barcos que ya no navegan. Y cómo llegaban otros habitantes de verano, de otras islas y se bañaban en sus playas .

Por todo eso, en la tumba de Mixaha hay un barco de vela de hierro con una endidura en forma circular para un pequeño cirio encendido que alguien sustituye al consumirse y dentro de la hornacina un pequeño altar con las tres cosas más valiosas para él: una figura de barro en forma de pequeño molino de viento, un arete (en señal de haber cruzado los grandes Cabos del mundo marino) y dos pequeñas cuerdas unidas por un nudo en forma de dobleocho ya que es el que sirve para unir dos extremos sin ojal ni grillete. Y a sus pies, cuidadas macetas de geránios, jazmín, retama sin flor y romero. Y él sonríe desde la foto que enmarca la lápida y seguro que es porque desde allí puede ver el mar y las estrellas.”







(Estuve en este cementerio mi primera tarde en la isla Koufinisia, mientras buscaba un lugar para ver la puesta de sol. Había un gran silencio, mucho viento, olor a adelfas y plantas de monte. Esta tumba me llamó la atención. Me detuve y la observé, eso es todo).

2 comentarios:

  1. Preciosa historia prima... Un besazo!!

    ResponderEliminar
  2. Se m'ha psoat la gallina de piel! al final, com qui no se n'adona...
    És molt bonic Cristina!

    ResponderEliminar